percepción se manifiestan como un
resultado de la necesidad. Por lo
tanto, aumenta tu necesidad a fin
de que puedas incrementar tu
percepción."
· Don Beck · Michael Bernard Beckwith · Joan Borysenko · Gregg Braden · Patrick Brauckmann · Rinaldo Brutoco · Jack Canfield · Scott Carlin · Deepak Chopra · Andrew Cohen · Dale Colton · Wendy Craig-Purcell · Stephen Dinan · Gordon Dveirin · Duane Elgin · Barbara Fields · Ashok Gangadean · Kathleen Gardarian · Tom Gegax · Mark Gerzon · Charles Gibbs · Craig Hamilton · Kathy Hearn · Jean Houston · Ervin Laszlo · Bruce Lipton · Howard Martin · Barbara Marx Hubbard · Fred Matser · Rod McGrew · Steve McIntosh · Lynne McTaggart · Nipun Mehta · Nina Meyerhof · Deborah Moldow · James O'Dea · Carter Phipps · Carolyn Rangel · Ocean Robbins · Peter Russell · Elisabet Sahtouris · Yuka Saionji · Gerard Senehi · Christian Sorensen · Emily Squires · Lynne Twist · Diane Williams · Katherine Woodward Thomas · Tom Zender
On July 26, 2008 the Chopra Foundation, the Source of Synergy Foundation and the Association for Global New Thought invited a group of renowned Evolutionary Leaders to the Chopra Center in Carlsbad, California, to explore their extraordinary potential as a collective. Out of this gathering came A Call to Conscious Evolution: Our Moment of Choice.
TEXTO MANUEL NÚÑEZ Y CLAUDINA NAVARRO
Todas las cosas, desde las rocas a los árboles, pasando por los insectos o los océanos, sienten y se relacionan entre sí de alguna manera. Dicho de otra forma, poseen un tipo de conciencia. No es una loca idea nueva. Expresada de una manera u otra, ha aparecido en muchas culturas a lo largo de los tiempos, pero la visión científica del mundo la ha relegado, en el mejor de los casos, a la categoría de opinión sin demostrar. En el peor, se la tacha de irracionalidad, pensamiento mágico o pseudorreligioso. Sin embargo, actualmente existen cada vez más personas con formación científica que están dispuestas a defender donde haga falta que la conciencia no es un don exclusivo del ser humano. No es un producto del cerebro, sino una cualidad que penetra todas las cosas que existen. El pensamiento convencional dice que sólo los seres humanos tienen conciencia porque sólo ellos poseen lenguaje, pensamiento racional y, sobre todo, un punto de vista en primera persona, un “yo”. Un biólogo o un neurólogo añadirán que todo esto es producto del elevado grado de complejidad del cerebro humano. Pero no es tan fácil. Los animales tienen una experiencia del mundo exterior, vida social, emociones y formas de comunicación. Por otra parte, es lógico pensar que si el cerebro humano es un producto de la evolución, la conciencia que le caracteriza no ha aparecido de pronto, sino que es una modificación de formas anteriores. Si acaso, se puede afirmar que existe una forma humana de conciencia y que cada animal tiene la suya. Una vez derribada la frontera entre el animal humano y los no humanos, cabe preguntarse si la conciencia se extiende a los vegetales, los minerales y los átomos, porque ¿cuál es su base material?
Está en todas partes
Los científicos han realizado enormes descubrimientos sobre el funcionamiento del mundo exterior, desde el mundo de las partículas subatómicas a las estrellas. Pero la conciencia que hace posible esos conocimientos es un misterio completo para sí misma. No hay ninguna certeza sobre sus vínculos con la materia (o la energía física, hablando con mayor propiedad científica).
Existen hipótesis. Para Stephen Deiss, filósofo, psicólogo, informático y estudioso de la conciencia, ésta no aparece en los animales especialmente evolucionados sino que “es una cualidad de la materia, de la misma manera que lo son la masa y la carga eléctrica”. Richard de Quincey, profesor de Filosofía y de Estudios sobre la Conciencia en la Universidad John F. Kennedy (Estados Unidos), se afilia al linaje secular de quienes creen que la materia y la conciencia o su germen siempre van juntas. La idea de que la conciencia se halla en todas partes ha recibido en filosofía el nombre de panpsiquismo o panexperiencialismo.
Afirmar que un árbol o una piedra poseen algún tipo de mente es suficiente para caer en el ridículo, sobre todo si se frecuentan los círculos académicos. Sin embargo, es algo que hubieran sostenido un amplio número de los pensadores más reconocidos a lo largo de la historia occidental, desde la antigua Grecia hasta hoy mismo. David Skrbina ha seguido las huellas del panpsiquismo y ha elaborado una larga lista donde aparecen nombres como Tales de Mileto, Anaxímenes, Parménides, Heráclito, Anaxágoras, Empedocles, Platón, Aristóteles, Epicuro, Spinoza, Newton o Leibniz. Todos ellos, junto con un buen número de científicos modernos, creen que la conciencia se halla de alguna manera en cada punto del Universo.

Para Deiss, resulta evidente que desde las partículas elementales a los animales o las galaxias, todo tiende a organizarse en sistemas cuyas partes se relacionan a partir de su propia experiencia y actividad. En la naturaleza no existen los agentes pasivos, todo es activo. Y donde hay experiencia y actividad hay alguna forma de conciencia. En algún rincón del átomo se refugia lo que el filósofo Ken Wilber ha llamado “interioridad” y que a lo largo de la historia de la filosofía ha recibido otros nombres, como “lugar de la experiencia”, “capacidad de punto de vista subjetivo” o “inteligencia autoorganizadora”.
Experiencia es conciencia
Los autores que se alinean con las teorías panpsiquistas sostienen que la materia posee sensibilidad y alguna forma de conciencia. Para el matemático y filósofo Alfred North Whitehead (1861-1947), inspirador de muchos panspsiquistas actuales, todo lo que existe tiene una experiencia de lo que le rodea. Al reunirse los elementos fundamentales, se forman entes complejos –una planta, un animal– con una manera propia de experimentar la realidad y que en el ser humano se llama conciencia. Puede entenderse que el Universo entero es un todo orgánico, un ser, cuyas partes están profundamente interrelacionadas. Hay quien llama Dios a la conciencia del todo.
Los límites de la ciencia
¿Existe alguna prueba física, objetiva, de la presencia de conciencia en los seres vivos o en los objetos inanimados? Como reconocen los científicos más humildes, sabemos muy poco sobre las estructuras básicas de la materia. Por ejemplo, ni siquiera conocemos cómo se ordenan espacialmente los átomos de oxígeno e hidrógeno en la molécula del agua para que el resultado sea una sustancia líquida. Aún es un misterio. La existencia de un buen número de partículas subatómicas que tienen nombre y propiedades científicamente determinadas se supone a partir de cálculos matemáticos, aunque no se han podido observar experimentalmente. Por el momento no existe ningún proyecto en marcha que pretenda hallar la partícula de la conciencia. Descubrir a través de la observación de la materia los secretos de la conciencia puede ser un reto que se halle más allá de las posibilidades actuales y futuras de la ciencia. No obstante, se han elaborado hipótesis que reservan un lugar para la mente en los rincones más íntimos de la materia. El modelo holográfico de David Bohm y Karl Pribram propone, por ejemplo, que cada punto del Universo está conectado con todos los demás, de manera que todas las conciencias pueden estar también interconectadas.
Otros teóricos especulan con la posibilidad de que el espacio vacío entre las partículas elementales, donde la energía se concentra al máximo, sea el pasaje de comunicación entre todos los puntos del Universo, constituyendo el hogar de la conciencia.
Sabidurías tradicionales
Quizá sea imposible describir la conciencia con las actuales herramientas de la Física, la Biología o la Psicología. Casey Blood, profesor de Física en Universidad Rutgers (Estados Unidos) y estudioso de las tradiciones místicas, sostiene que la física cuántica excluye la posibilidad de que el cerebro sea capaz de hacerse una imagen de la realidad por ningún medio conocido a día de hoy. Por tanto, para Blood, es necesaria la existencia de un alma que percibe por medios no físicos, independientemente del cerebro, y que emplea este órgano de alguna manera. Para Blood, está justificado recurrir a otras formas de conocimiento cuando el método científico no puede proporcionar las respuestas adecuadas.
La experiencia mística es la prueba más directa de la existencia del alma en la materia. Quienes la han vivido saben que el Amor lo explica todo y se halla en todas partes, pero quizá no lo digan exactamente con estas palabras. Pueden hablar de Dios, Conciencia Cósmica, Espíritu, Luz, Energía… pero se trata de la idea central de todos los grandes sistemas religiosos. Los discursos más interesantes al respecto aparecen a menudo en las vertientes esotéricas –para iniciados, entendidos– de las religiones establecidas.
En la tradición cristina, la filosofía heredada de Platón da forma al concepto del Ánima Mundi que permea el cosmos y la materia de la misma manera que el alma habita el cuerpo humano. Esta idea se puede entender como el germen de Gaia o teoría de que la Tierra es un ser vivo.
Según la tradición budista Dzogchen, no existe nada que no se pueda calificar de sintiente. En el Libro Tibetano de la Gran Liberación se dice “la Mente Única, como Realidad, es el Corazón que late por siempre, impulsando la corriente de sangre purificada de la existencia, tomándola luego de nuevo; la Gran Respiración, el Inescrutable Brahman, el Eterno Misterio Desvelado de los Misterios de la Antigüedad, el Objetivo de todas las peregrinaciones, el Fin de la Existencia”.
Según algunas escuelas hinduistas, Krishna dice a Arjuna “sostengo el Universo entero mediante una pequeña parte de mi poder divino”. En el Vedasara Shivastotram se lee “es de ti que este Universo de formas emerge y en ti permanece. Y es en ti donde finalmente desaparece”.
En el Islam, a partir de santos, pensadores y poetas como Ibn Arabi, las escuelas sufís han desarrollado conceptos como la Unidad de Todas las Cosas.
La cábala judía de Isaac Luria enuncia la doctrina del Tzimtzum, según la cual, en la Creación continúa fluyendo la “luz de Dios”.
Para el taoísmo, el Tao infinito e intemporal es el misterio que une y sostiene todas las cosas.
Los místicos coinciden con los actuales psicólogos transpersonales en que la percepción de las dimensiones espirituales puede alcanzarse mediante la intuición y el desarrollo de la conciencia. El silencio, la ascesis, las técnicas de meditación y respiración, la música o el consumo de plantas enteógenas son recursos auxiliares para el mismo fin.
La filosofía y la psicología modernas han calificado la razón y la lógica como características esenciales de la conciencia humana, a costa de su capacidad para la mística, la creatividad y la metáfora. Lo que se ha llamado despectivamente “pensamiento mágico” o “salvaje” se corresponde seguramente con estados de conciencia que trascienden al individuo y que permiten la comunicación con las conciencias no humanas.

Cambio de actitud
Ya sea por caminos científicos, filosóficos o espirituales, asumir la idea de que la materia está dotada de conciencia puede contribuir a que el ser humano cambie su manera de enfrentarse a la existencia. No es lo mismo vivir rodeado de una naturaleza muerta, pasiva o inconsciente que formando parte de una realidad sintiente e inteligente. En el primer caso, un abismo separa al ser humano de su entorno y por eso se siente autorizado a utilizarlo sin limitaciones. En cambio, en el segundo caso, está abierto a descubrir y maravillarse con todo lo que le rodea por lo que se siente inclinado a mostrar mayor respeto.
Según De Quincey, la visión moderna del mundo se basa en la actitud de la ciencia hacia el fenómeno de la conciencia y su relación con la materia. Es la causa de que la naturaleza carezca de valor intrínsico y de que por tanto sea maltratada sin piedad. La negación de la conciencia al resto de seres y cosas causa una fragmentación que afecta a la relación entre personas y colectividades, a la educación y al sistema legal: quien no tiene conciencia no tiene derechos.
De la misma opinión es la ecofilósofa australiana Freya Mathews, quien describe la situación actual de crisis global –cambio climático, extinción de especies, agotamiento de bienes naturales, contaminación, guerras y miseria– como un síntoma de la profunda desorientación de la conciencia y la cultura humanas.
El objetivo de De Quincey, Mathews y otros defensores del panpsiquismo es que la filosofía y la ciencia actuales recuperen la comunicación con el resto de seres vivos y las cosas porque servirá para vivir de una manera más plena, respetuosa y armónica.
Un cambio en el paradigma científico que reconociera algún nivel de conciencia en la materia nos vincularía estrechamente con el entorno y contribuiría a la modificación de los comportamientos y los valores. Hace falta mirar lo material con ojos nuevos: no se trata de algo inerte, sino algo donde palpita lo que consideramos más preciado de nosotros mismos.
No obstante, Mathews advierte contra el riesgo de entregarse a un nuevo y absurdo animismo. En su opinión, en ningún caso se trata de adorar al Universo, a Gaia, a los animales o a las piedras preciosas como si dirigieran nuestros destinos. “La comunicación con el mundo es un fin en sí mismo, como una de las experiencias bellas de la vida, más que como un medio para obtener seguridad o suerte”, escribe en su libro For Love of Matter.
Relación entre mente y cuerpo
El deseo de obtener beneficio personal inmediato de los hallazgos que realiza forma parte de la naturaleza humana. Algunas de las ideas que sostienen los panpsiquistas son tentadoras desde el punto de vista de la medicina, por ejemplo. ¿No podemos utilizar las vías de comunicación entre el cerebro y el cuerpo para recuperar la salud? La física cuántica y la hipótesis holográfica se han mencionado como posibles explicaciones de la eficacia de terapias alternativas como la acupuntura, la visualización guiada o la homeopatía. Pero, sobre todo, el paradigma de la conciencia más allá del cerebro sirve para compensar las deficiencias de la medicina convencional, que trata el cuerpo como una máquina desconectada de la persona. Deepak Chopra, neurólogo y experto en medicina tradicional de la India, explica que el organismo está dotado de una inteligencia que puede movilizar la curación y que nos podemos comunicar con ella a través de las emociones, las visualizaciones y los sentidos (sonidos, caricias, imágenes, colores, gustos, olores…). Percibir el propio cuerpo y cada una de sus partes como entes conscientes con los que podemos comunicarnos –no con palabras, sino con sensaciones, actitudes, atenciones…– sin duda puede servir para desplegar nuevas estrategias con las que conquistar mayores cuotas de bienestar y plenitud.
Algunos autores sugieren que incluso se puede alcanzar la inmortalidad: según el anestesiólogo Stuart Hameroff, no es científicamente imposible que los patrones de información que se activan a nivel cuántico y que se corresponden con la conciencia puedan trasladarse a otro lugar después de la muerte del cuerpo. Su destino podría ser, a lo mejor, un embrión humano.
Ampliar la mirada desde el propio cuerpo a las estrellas, hasta sentir la presencia de la infinitud de Conciencia que nos acompaña siempre –nunca estamos a solas– puede hacer increíblemente más profunda y satisfactoria la aventura de la vida.
La ecofilósofa australiana Freya Mathews propone enamorarse de la naturaleza para recuperar el contacto con la conciencia que se halla más allá de uno mismo.
Significado del amor
La experiencia humana del amor hace que la mente individual se vuelva permeable a las demás conciencias. En las relaciones personales, se siente la fusión con el otro. La misma experiencia puede vivirse con los seres vivos, los espacios naturales y el Universo entero, como han asegurado los místicos de todos los tiempos.
Contacto más estrecho
El roce hace el cariño. Aumentando el tiempo que pasamos en medios naturales, podemos cultivar nuestra habilidad para captar las conciencias no humanas. Es importante la actitud. Ante una planta, un animal o una roca, podemos preguntarnos –poniéndonos en su lugar– cuál puede ser su historia, de dónde viene y a dónde va, qué necesita para existir, qué peligros le acechan o cuáles son sus placeres. ¿Qué nos sugieren las formas, los colores, los sonidos? Debemos buscar las respuestas no sólo con la razón, sino a través de la emoción, la intuición y la empatía.

El objetivo no es saber sobre la naturaleza, sino relacionarse con ella, sentirla y gozarla. Los seres humanos han vivido siempre estas experiencias creando rituales y celebraciones estacionales, así como obras de arte (sobre todo, poemas, canciones y danzas). Además de razón y lógica, la conciencia humana tiene capacidad para comunicarse a través de la metáfora y las emociones.
Ahora y aquí
Para el hombre moderno no se trata de recuperar antiguas o exóticas prácticas que ya no son suyas, sino de crear las propias. Tampoco conviene soñar un mundo utópico y demasiado humano. En el día a día, incluso en la ciudad, surgen oportunidades de ayudar a la naturaleza –por ejemplo, colaborando en la recuperación de especies y ecosistemas– y de celebrar su vitalidad y belleza.
Un cambio en marcha
Enamorarse de la naturaleza puede provocar profundos cambios en la mente y el comportamiento. Es el camino más eficaz para corregir los efectos negativos sobre la sociedad y el planeta de una cultura que ha estado alejada de la realidad.
En una gota de agua de lago, observada bajo el microscopio, se observan seres vivos unicelulares que demuestran inteligencia en su comportamiento: se mueven, se relacionan, buscan comida, evitan peligros y se reproducen.
Nicholas humphrey, autor de Una historia de la mente, cree que con el primer ser unicelular que apareció sobre la Tierra surgió también la diferencia entre “yo” y “lo otro“. La conciencia estaba ya allí. Lo que es resultado de la evolución biológica es la mente humana.
LA SELECCIÓN NATURAl no es el único agente que moldea la vida. Las propiedades inherentes al espacio-tiempo geométrico –donde se halla la conciencia o protoconciencia– en la escala cuántica determinan los patrones de crecimiento y las soluciones que inventa la naturaleza. La belleza es uno de los síntomas de la acción de la conciencia.
LA libertad de cada sujeto existente –desde un paramecio a un ser humano, de un electrón a una galaxia– parece formar parte del plan de la vida. No existen leyes físicas ni biológicas ni entes espirituales que condicionen absolutamente los procesos en marcha.
El anestesiólogo Stuart Hameroff organiza cada dos años los encuentros Hacia una Ciencia de la Conciencia en la Universidad de Arizona (Estados Unidos). Junto con el físico y matemático Roger Penrose, ha elaborado la teoría científica más audaz sobre la conciencia.
Microtúbulos. Hameroff y Penrose proponen que en unas estructuras proteínicas denominadas microtúbulos, que se hallan en las células de todos los seres vivos y de manera más abundante en las neuronas, tienen lugar estados cuánticos –colapsos– que guardan relación con la autoconciencia humana.
Calidades de conciencia. Los colapsos cuánticos en los microtúbulos, que son instantes de conciencia, suceden con diferentes intensidades y frecuencias (normalmente, 40 veces por segundo).
Espiritualidad. La actividad cuántica en los microtúbulos tiene lugar en la geometría del espacio-tiempo, la trama básica de la realidad a la que son inherentes las cualidades platónicas de belleza, bien y verdad, lo que explica el maravilloso desarrollo de los sistemas físicos y biológicos. Para Hameroff, esta trama puede llamarse Dios, Brahma, Espíritu, Unidad, Conciencia o como se desee…
Artículo en Integral 371
Richard Heinberg no tiene vocación de aguafiestas, aunque el libro que le valió el reconocimiento mundial se titula precisamente así: The Party’s Over. Su visión del futuro es cruda, pero relativamente esperanzadora. Pese a los nubarrones en el horizonte, aún confía en la capacidad de adaptación del hombre a la sociedad post-carbono, la que brotará tras la borrachera industrial del último siglo.
En Peak Everything, publicado durante la orgía económica que precedió a la gran recesión, Heinberg pronosticaba ya el inevitable declive de casi todo en el siglo XXI, empezando por el petróleo. En Blackout intenta alumbrar varios escenarios de futuro si logramos superar la última e inconfesable dependencia del carbón.
“En el siglo XXI seremos 100% renovables, por el simple agotamiento de las energías fósiles”, vaticina. Pero la transición será larga y dolorosa, advierte, y supondrá una profunda transformación del modelo económico y de nuestros estilo de vida. Desde el mirador del Post Carbon Institute en Santa Rosa (California), Heinberg se asoma al futuro incierto que dejaron los líderes mundiales a su paso por Copenhague.
¿Cuál es la lección que podemos sacar de la crisis? ¿Se acabó realmente la fiesta?
Sin ninguna duda. La gran fiesta de la sociedad industrial ha llegado a su fin. Todas las deudas ambientales del último siglo están convergiendo al mismo tiempo… La crisis financiera no ha sido más que el preámbulo, y estuvo precedida –no lo olvidemos– de una subida fulgurante del precio del petróleo. El agotamiento de los combustibles fósiles nos va a forzar a cambiar radicalmente de modelo económico y de estilo de vida. Si encima le añadimos la presión del cambio climático, la situación es aún más urgente e imperiosa.
Pero las grandes potencias, empezando por Estados Unidos y China, no dan su brazo a torcer. ¿Hay aún algún atisbo de esperanza después de lo visto en Copenhague?
El acuerdo ha sido muy pobre; ya lo eran de antemano las expectativas… La preocupación común, y más en estos momentos críticos, es el crecimiento económico. El clima ha ido siempre por detrás y nada cambiará realmente hasta que no se ponga al mismo nivel. Estamos ante el final del crecimiento económico tal y como lo hemos conocido, pero nuestros gobernantes y sus economistas se niegan a aceptarlo y siguen funcionando con la misma lógica que nos ha llevado a esta situación.
¿Incluido Obama?
Barack Obama está en una encrucijada política, y no veo que esto vaya a cambiar pronto. Llegó a la cumbre de Copenhague con un mandato muy débil, pendiente aún de la aprobación en el Senado. En Estados Unidos estamos viendo ya la puesta en marcha de algún tipo de legislación para controlar las emisiones, pero son avances muy pequeños, ya digo. En este país hay una minoría muy activa, y movimientos emergentes, como el que pretende paralizar la apertura de nuevas centrales térmicas de carbón. Pero luego hay una realidad a la que nos tenemos que enfrentar: la mayoría de los ciudadanos norteamericanos no cree que la actividad humana esté contribuyendo al cambio climático.
¿Pagaremos antes la factura del cambio climático o la del pico del petróleo?
Las dos facturas las hemos empezado a pagar ya, incluso en Estados Unidos. El desastre del Katrina y el aumento espectacular de los combustibles en el verano del 2008 han sido dos poderosas advertencias. En 1972, el Club de Roma divulgó su famoso estudio anticipando que el crecimiento económico iba a tocar techo en algún momento del siglo XXI. Pues bien, creo que ese momento se ha anticipado y podemos estar ya en él.
¿Hemos llegado ya al pico del petróleo?
El pico pudo haberse producido perfectamente en el 2008. Si bajarom luego los precios fue por la caída de la demanda. En dos o tres años, cuando la demanda vuelva a los mismos niveles, habrá caído la producción. En fin, hemos entrado en el definitivo callejón sin salida… Con la explotación de los pozos de Irak, las cosas pueden variar ligeramente. Tal vez se vuelva a producir más petróleo de aquí al 2015, pero será una situación temporal que apenas servirá para prolongar la fiesta. El petróleo barato se ha acabado o está a punto de acabarse.
¿Y qué me dice del petróleo del Ártico? Las grandes potencias están tomando ya posiciones para el reparto…
El petróleo del Ártico es muy caro, y no bajará de 70 u 80 dólares el barril. Y con esos precios llegaremos a situaciones sin salida como la que experimentamos en el verano del 2008 y que aceleró el camino hacia la recesión.
¿Y el carbón? Sus defensores sostienen que aún hay carbón barato para 200 años…
El 50% de la energía en Estados Unidos es producida por el carbón. Somos, por así decirlo, la Arabia Saudí del carbón. Pero a los niveles actuales de consumo de energía, con China devorando sus reservas al ritmo actual, no es muy arriesgado predecir que el carbón alcanzará un pico entre el 2025 y el 2030. De hecho, China está comprando ya minas en Australia ante el previsible agotamiento de sus recursos. China no puede mantener por mucho tiempo más sus niveles artificiales de crecimiento económico al 8% anual. Tarde o temprano se va a topar con sus propios límites, y uno de ellos puede ser fácilmente el carbón.
¿Cree usted en el carbón limpio?
No hay carbón limpio. Hoy por hoy, es la fuente de energía más sucia que existe, la que más estragos causa en el medio ambiente y más contribuye al cambio climático. Las nuevas tecnologías para mitigar sus efectos y secuestrar el CO2 van a resultar muy caras. No tiene sentido invertir en una infraestructura de aquí a varias décadas si en ese tiempo vamos a dejar de usar carbón. Tiene más sentido invertir ese dinero en energías limpias.
James Lovelock, James Hansen y otros renombrados científicos sostienen que la energía nuclear es parte de la respuesta la cambio climático. ¿Cuál es su postura?
La energía nuclear es y seguirá siendo residual. Hay muy poderosas razones ambientales para oponerse a ella, aunque la de más peso es sin duda la económica. Las inversiones son muy caras y sólo tienen sentido a largo plazo. Con los 435 reactores que funcionan hoy en día, podríamos alcanzar el pico del uranio entre el 2040 y el 2050. Con más reactores, el pico se adelantaría aún más. ¿Qué sentido tiene invertir ahora si el suministro no está garantizado?


جلال الدين محمد بلخى Yalal ad-Din Muhammad Baljí en persa, Celaleddin Mehmet Rumi en turco, o جلال الدين محمد رومي Yalal ad-Din Muhammad Rumí en árabe, también conocido como «Mawlana», «Mavlana» o «Mevlânâ», que significa «Nuestro Señor» en árabe (con sus adaptaciones fonéticas al persa y turco, respectivamente) fue un célebre poeta místico musulmán persa y erudito religioso que nació el 30 de septiembre de 1207 en Balj, en la actual Afganistán —aunque en aquella época pertenecía a la provincia del Gran Jorasán de Persia— y murió en Konya —en aquella época parte del Sultanato de Rüm, de la dinastía de los turcos selyúcidas—, un 17 de diciembre de 1273, razón por la cual se conmemora cada año el fallecimiento de este ilustre pensador y místico sufí del Islam en dicha ciudad de la Anatolia turca. También es conocido como Rumí, que significa «originario de la Anatolia romana» ya que la Anatolia era denominada por los turcos selyúcidas como la «tierra de Rüm (los romanos)», en referencia al Imperio Romano de Oriente más conocido como Imperio Bizantino.
La importancia de Rumí trasciende lo puramente nacional y étnico. A través de los siglos ha tenido una significativa influencia en la literatura persa, urdú y turca. Sus poemas son diariamente leídos en los países de habla persa como Irán, Afganistán y Tayikistán y han sido ampliamente traducidos en varios idiomas alrededor del mundo.
Luego de su fallecimiento, sus seguidores fundaron la orden sufí Mevlevi, mejor conocidos como los "Derviches Girantes", ya que realizan una meditación en movimiento llamada "semá" donde hombres (y actualmente, mujeres) giran sobre si mismos acompañados por flautas y tambores. (Wikipedia)
Intoxicación. Desesperación.
por sergio m. mahugo
Me levanto. Preparo café. Me siento frente al ordenador. Abro el correo. Selecciono de entre-unos-cuantos-newsletters, otros-tantos-artículos-interesantes. Los etiqueto en del.icio.us. A través del notificador de Google Talk llega un ‘tuiteo’. Abro Twitter y vuelvo al correo. Llegan nuevos-boletines y alguna recomendación de un amigo. Vuelvo a etiquetar en del.icio.us. Abro mi Bloglines. Marco como leídos, recorto, guardo, archivo, señalo, leo, veo posts. Llevo a Twitter artículos que me parecen interesantes. Menos mal que, por lo menos, no se me ocurre revisar lo que dijeron desde el otro lado del mundo, mientras yo dormía, mis followings de Twitter. Bueno, sólo esta vez. Bajo un poco en el Twitter con amigos. Más. Y sigo bajando por si hay algo interesante. Subo una foto a Flickr. Etiqueto. Llega una petición para confirmar a un amigo en Facebook. Sí que soy su amigo. Twitter está que arde. Y yo no termino. Reviso a los amigos del amigo de Facebook que me mandó la invitación. Por si alguno me interesa. Ficho. Recibo por correo electrónico otra notificación de que alguien me ha agregado como amigo esta vez en Twitter. Reviso también allí a los amigos de mis amigos. Agrego a gente que pueda resultar interesante. Vuelvo al correo. ¿Y si posteara hoy? Miro las estadísticas, enlaces entrantes, visitas y sobre todo de donde vienen. Se me han juntado unos cuantos correos más de un par de listas y grupos de amigos a los que estoy suscrito. Leo, etiqueto. Respondo, opino. Pregunto. Empiezo a escribir el post. Busco enlaces. ¡Ya han escrito sobre todo lo que yo quería contar! Y tengo la cabeza como un bombo. No soporto más el ‘twiiit’, del Google Talk. Me levanto. Me pongo otro café. Vuelvo al ordenador.
En conclusión:
Es evidente que es imposible querer abarcar toda la información que se genera hoy día. Y sin embargo, nos sentimos desinformados si no lo intentamos. Y nos sentimos desinformados (y estresados) si lo intentamos. El proceso de la información no pasa simplemente por la recepción de conocimientos, sino por la participación activa en la búsqueda, etiquetado y redistribución de esa información. Pasa por tejer redes. Y sí, es cierto, tejer redes es muy cansado. Y no siempre es satisfactorio porque ocurre que a veces el otro no tiene la respuesta que buscamos o no era lo que nos esperábamos. Pero, vamos, como en la vida real.
Todos los enlaces de la primera parte del post llevan a noticias a las que llegué desde aquí o desde allá, pero que se produjeron en muy corto lapso de tiempo; un par de horas, quizás. Imposible digerir tal cantidad de información. ¡Y la que deshechamos!

DESOBEDIENCIA NECESARIA
Henry David Thoreau (1817-1862), en una obra singular por el momento en que fue escrita, Desobediencia civil (1849), alertaba de que “existen leyes injustas: ¿debemos estar contentos de cumplirlas, trabajar para enmendarlas y obedecerlas hasta cuando lo hayamos logrado, o debemos incumplirlas desde el principio?”.
Vivimos momentos convulsos y contradictorios. Le dan el Premio Nobel de la Paz a un hombre que impulsa la guerra preventiva. En nombre de la libertad, aceptamos el multiculturalismo y asumimos que costumbres medievales que conllevan la pérdida de libertad de determinadas mujeres campen en nuestra sociedad. Se nos impone un modelo de almacenaje temporal de los residuos radioactivos de alta actividad de nuestras centrales nucleares sin necesidad de aprobar un calendario de cierre irrevocable de las mismas. Y podríamos hacer un memorando inacabable.
La desinformación campa a sus anchas en los medios y lo que creemos que está sucediendo en el mundo es sólo una conveniente composición al servicio de unos intereses que van, poco a poco, conformando una falsa opinión pública. Nos pensamos libres y, en realidad, desde una cuenta en gmail que es gratis o una búsqueda en Google, que también es gratis, mostramos nuestra personalidad y la ponemos a disposición de ser vendida o escudriñada por si somos insumisos.
Otro pensador, Paul Lafargue (1842-1911), ya relataba la importancia de reducir el tiempo de trabajo para frenar la sobreoferta de consumo y se preguntaba: “¿Cómo pedir a un proletariado corrompido por la moral capitalista que tome una resolución tan viril como forjar una ley que prohibiera a todos los hombres trabajar más de tres por día?”. La historia es terca y se repite como el ajo, por lo que, si no aprendemos de ella, en realidad no es posible progresar. La pérdida de memoria histórica por la sobreinformación que se nos ha impuesto es casi absoluta. Es necesario reflexionar sobre los inicios de la industrialización porque al analizarla desde la perspectiva actual suena a déjà vu.
“Jamás existirá un Estado realmente libre e iluminado hasta cuando ese Estado reconozca al individuo como un poder más alto e independiente, del cual se deriva su propio poder y autoridad y lo trate de acuerdo a ello”, sentenció Thoreau también en Desobediencia Civil. De ahí que sea tan importante recopilar y transmitir tantas historias de personas comprometidas con la generosidad y la solidaridad, etc. Un mundo diferente sólo lo alcanzaremos si no nos dejamos arrebatar nuestras convicciones por las utopías.
Somos individuos conectados con su medio y la suma de cada uno puede formar una red de desobediencia para cambiar. Pero también es cierto que debemos salir de este amnios consumista protector. Por ejemplo, ¿cómo es posible que aceptemos cobrar el subsidio del paro sin hacer nada, ni colaborando en trabajos sociales? ¿Cómo podemos asistir al envenenamiento progresivo del planeta teniendo la posibilidad de autogenerar una parte de nuestra energía con renovables?
Podemos esperar a que los peligros nos obliguen a las soluciones y aceptar lo que afirmaba el poeta Friedrich Hölderlin (1770-1843): “Donde crece el peligro crece también la salvación”. Personalmente, prefiero pensar que el amor es más poderoso y me sumo al activismo de Thoreau de ser desobediente antes que formar parte del peligro creciente.
por Jordi Miralles
Trabaja en el ámbito de la divulgación medioambiental. Forma parte del patronato de la Fundación Tierra y dirige terra.org, el portal de ecología práctica de dicha fundación.

La intoxicación y aturdimiento mentales provocados por el exceso de información a la que estamos cada vez más expuestos puede ser una fuente de ansiedad, confusión y aislamiento.
TEXTO FRANCESC MIRALLES
Todas las especies recogen y asimilan aquella información esencial para su supervivencia. El águila cuenta con una poderosa visión de lejos para detectar a sus presas desde las alturas. A su vez, en las cuevas de Postojna, Eslovenia, vive una singular salamandra de piel blanca que carece de ojos. Conocida como el pez humano, no los necesita puesto que habita en las profundidades subterráneas sin luz.
Sólo si descartamos la información que no necesitamos, lograremos centrar nuestra atención en aquello que nos es vital. En cambio, si nuestro cerebro recibe una lluvia constante de estímulos, corremos el riesgo de ahogarnos en un mar de información que seremos incapaces de gestionar. Cuando eso sucede, la información se convierte en infoxicación.
Más es menos
La infoxicación es un neologismo acuñado por el físico y experto en comunicación Alfons Cornella para definir el exceso de información. Este término describe el estado de estrés que sufre el ser humano ante la actual sobrecarga intelectual. En Estados Unidos incluso se ha tipificado un nuevo trastorno psicológico, el IFS, Information Fatigue Syndrome, que se puede traducir cómo síndrome de fatiga por la información. La persona que la sufre experimenta confusión mental, angustia y miedo a colapsarse.
En el origen de este trastorno está el volumen creciente de estímulos que nos asalta diariamente. La información que generamos y recibimos se multiplica cada vez más y nos sentimos angustiados ante la imposibilidad real de estar al día. Entre correos electrónicos, sms, mensajes al buzón de voz y llamadas telefónicas, el globo de información al que tenemos que dar respuesta se va hinchando exponencialmente.
A estos estímulos personales tenemos que sumar la radio, la televisión, la publicidad en los medios escritos y audiovisuales, los mensajes que nos llegan cuando salimos a la calle, en el trabajo, dentro de casa con la familia…
Todos estos inputs sumados producen un agotamiento intelectual creciente que puede derivar en diferentes grados de ansiedad. La sensación de que no podemos con todo acaba generando depresión y aislamiento, ya que la persona infoxicada no pierde la esperanza de ponerse al día y se zambulle cada vez más en su estrés comunicacional.
Cada día vemos a ejecutivos que prácticamente chocan con los peatones mientras avanzan por la calle contestando mensajes con su Blackberry, o personas incapaces de atender medio minuto seguido en una reunión o entrevista porque su artilugio no para de vibrar con la entrada de cada mensaje.
Sobre esto, el novelista J.B. Priestly afirmaba que “cuanto más avanzan los medios de comunicación, más nos cuesta comunicarnos”.
Un mar de estímulos
Cronológicamente hablando, no es tan lejano el tiempo en el que mandábamos una carta y aguardábamos dos o más semanas para obtener respuesta. Hace sólo un par de décadas, si no estábamos en casa, nadie nos podía localizar por teléfono ni recibíamos mensajes personales de ninguna clase fuera de la oficina o el hogar. En su libro Data Smog, el periodista David Shenk dice que el gran problema de la infoxicación es que tiene sólo 50 años y la especie humana no se ha podido adaptar psicológicamente a la nueva situación. Asegura que “a medida que multiplicamos la información, de ser buena pasa a ser contaminante”.
En un estudio realizado en Estados Unidos, este experto señala que el número diario de mensajes publicitarios que recibía un ciudadano en la década de los años 70 era de unos 500, que no son pocos, pero hoy le llegan más de 3.000.
Encontramos un crecimiento parecido en otras clases de información, y las personas con un cargo ejecutivo están expuestas a diez o veinte veces este volumen. Se ha calculado que un gerente típico, entre mensajes e informes, tiene que leer un millón de palabras por semana. Es decir: el equivalente a tragarse tres veces el Quijote entero.
El compositor norteamericano Steven Halpern evoca la época en la que Mozart componía sus obras, a finales del siglo XVIII. Señala que la ciudad de Viena era entonces tan tranquila que las alarmas de incendio se podían dar verbalmente. Bastaba con que un vigilante gritara desde lo alto de una torre.
En contraste con eso, Halpern señala que “en la sociedad de nuestro tiempo, en cambio, el nivel de ruido es tan grande que sacude nuestros cuerpos y nos aparta de los ritmos naturales. Este asalto del ruido y otros estímulos a través de nuestros oídos, mentes y cuerpos añade una carga extra de estrés a todos los que intentamos sobrevivir en un entorno que, de hecho, ya es altamente complejo”. Ante esta multiplicación del ruido informativo vale la pena que nos preguntemos si es un error en nuestra evolución o bien desempeña alguna función en la supervivencia de nuestra especie.
La boca de riego de Internet
Entre los factores que nos han llevado hasta aquí, parece claro que la llegada de internet ha sido clave para la infoxicación. Como decía el pionero de la programación Mitchell Kapor, “obtener información de internet es cómo querer tomar un trago de agua en una boca de riego”.
El periodista chileno Rodrigo Guaiquil reflexiona así sobre las consecuencias que ha tenido la Red en nuestra vida cotidiana: “La llegada de la informática, y muy especialmente de internet, ha permitido numerosos avances en los procesos productivos, pero al mismo tiempo ha provocado un demoledor efecto secundario: la información que existe en todo el planeta se duplica actualmente cada cuatro años. Ante esto, es obvio que ningún mortal es capaz de estar al día ni siquiera en su especialidad. Hay que desarrollar estrategias que permitan gestionar los inmensos volúmenes de información con que nos bombardean los medios o que se transmiten a través de las redes telemáticas. De otra manera, corremos el peligro de que, entre tantos mensajes, no consigamos comunicarnos”.
Según los expertos, la clave estaría en comunicarnos menos a menudo y mejor, así como en potenciar las formas pretecnológicas de interrelación. Silenciar los teléfonos y apagar el televisor durante la comida familiar es parte de la terapia. De hecho, toda desconexión que nos devuelva a los vínculos naturales con otros seres humanos contribuye a desinfoxicarnos.
El estado contrario de sobrestimulación, además de agotamiento y desgaste intelectual, presenta los siguientes síntomas en el individuo:
Disminución de la capacidad de mantener un diálogo continuado a través de medios no tecnológicos.
Irritabilidad causada por la fatiga. La persona infoxicada salta a la mínima porque se siente al borde del colapso.
Percepción de que el caudal de mensajes a los que está expuesto tiene absoluta prioridad en su vida, lo que le genera angustia si no puede leerlos y responderlos en tiempo real.
Búsqueda de aislamiento para intentar contener el mar de inputs que escapa de su control.
Incapacidad para desconectar, incluso en situaciones de compromiso como una boda, una reunión de viejos amigos o un entierro familiar.
Sentimiento de caos cuando, por un fallo en la red, se detiene temporalmente el flujo de información.
Si reflexionamos sobre estos síntomas, concluiremos que la adicción informativa es una poderosa droga con importantes secuelas psicológicas y sociales.
Del ruido al mensaje
El experto –entre muchas otras cosas– en tratamiento de la información Alfons Cornella, fundador de www.infonomia.com, analiza así las causas de la infoxicación: “El ancho de banda, es decir, la cantidad de información que recibimos por unidad de tiempo, no parará de crecer. Los estímulos crecen descontroladamente y cada vez es más barato enviar información. Pero con la variable humana, la atención, pasa justamente lo opuesto: el tiempo que podemos dedicar es cada vez más corto, porque tenemos que repartir nuestra cantidad finita de tiempo cada vez entre más elementos de información. Nuestra atención es el recurso escaso”.
En una sociedad en la que difícilmente podemos vivir al margen de la información, para Cornella se trataría de gestionar de forma más eficaz nuestra forma de comunicarnos: “Hay que diseñar instrumentos para reducir el ruido informacional y aumentar la productividad de nuestro tiempo de atención. (…) Tenemos que aprender a comunicar más eficientemente: explicar historias más que dar datos; sintonizar lo que queremos comunicar con el momento de atención del receptor; presentar la información de forma útil y emocionante. Es información lo que sorprende, no lo que ya sabemos. Al final, la información que llega sin criterio o sin pasión es ruido, y el ruido molesta”.
Estas medidas se orientan a los profesionales que viven de comunicar, algo que tal vez englobe a la mayoría de trabajadores. Sin embargo, es importante que diseñemos estrategias para combatir la infoxicación donde no debería producirse: en el ámbito privado.
Regreso al país de la calma
Si en nuestro trabajo nos vemos expuestos a un aluvión de datos que debemos gestionar, hay que compensarlo en el tiempo libre con una pausa en el flujo informativo que desgasta nuestra atención. Sólo así lograremos descansar.
Al exigir al cuerpo y la mente más de lo que pueden dar, cuando aceptamos el bombardeo de estímulos como una forma aceptable de vida, generamos cantidades ingentes de estrés. En su libro Con rumbo propio, el investigador de la reducción de estrés y consultor Andrés Martín Asuero hace la siguiente reflexión: “Siempre que sufrimos estrés, emprendemos alguna acción orientada a eliminar esta sensación de malestar. Hay personas que en momentos de tensión comen demasiado, otras toman muchos cafés, abusan del alcohol o bien del tabaco. Algunas muestran irritabilidad y se meten en discusiones. Otras se llevan el trabajo a casa y se quitan horas de sueño, trabajando hasta tarde para ponerse al día, para acabar descubriendo que el trabajo continúa creciendo. Otras quieren compensar el estrés con caprichos. (…) Hay que recordar que el estrés es impulsado por el miedo o la rabia, así que tendríamos que empezar regulando estas dos emociones”.
Para regresar al país de la calma, deberíamos preguntarnos qué genera el miedo y la rabia y ver si están justificados.
En el estresante ámbito de la infoxicación, tenemos miedo a perdernos algo importante si nos desconectamos del correo electrónico o del móvil, por no hablar de redes sociales como Facebook o Twitter, que generan toneladas de información que no necesitamos.
La rabia de no poder con todo sólo se soluciona con un replanteamiento de vida que ponga en su sitio las verdaderas prioridades. Tal vez entonces nos demos cuenta de que no necesitamos estar al día de todo o saber lo que hacen otras personas en cada momento para llevar una vida con sentido.
Artículo en Integral 372